La Tempestad {De William Shakespeare}

... Nuestros divertimentos han dado fin...

Estos actores, como os había prevenido, eran espíritus todos y se han disipado en el aire, en el seno del aire impalpable.
Y a semejanza del oficio sin base de esta visión, las altas torres, cuyas crestas tocan las nubes, los suntuosos palacios.
Los solemnes templos, hasta el inmenso globo, sí, y cuanto en él descansan, se disolverá.
Y lo mismo que la diversión insustancial que acaba de desaparecer, no quedará rastro de ello.
Estamos tejidos de idéntica tela que los sueños.

...Y nuestra corta vida no es más que un sueño...

William Shakespeare.

R. Fantástico: Ania

Ania era una joven de mirada inquieta, carácter tímido e introvertido. De pasado incierto y de físico llamativo jamás pasó desapercibida, ya fuera por cotilleos locales como por su actitud tercamente arisca y evasiva frente a los tanteos de los jóvenes de la zona.

Ania intentaba recordar, y así se lo exigía noche tras noche. No quería perder las migajas de recuerdo que le quedaban de sus orígenes, no quería olvidar su mundo, ni su esencia ni su verdadera naturaleza, tan distante ahora.

Le fatigaba el esfuerzo por lo infructuoso de su cometido, una tortura infinita que cada vez le parecía más estéril, más difícil de mantener. Todo era tan lejano… lejano como un añejo cuento de hadas de esa niñez, del que nadie sabía nada ni nadie parecía recordar, pero que para cualquiera pudiera resultar tan real y presente como la ternura de una madre.

Ciertamente sus recuerdos se debilitaban, eran erosionados por el paso de las lunas; ciclos metódicos y constantes que le recordaban cuan lejos estaba de casa, de su verdadero hogar… de su añorado hogar.

Procuraba no olvidar, y así ocurrió durante veinte difíciles y confusos ciclos. A la edad de veinticuatro años ya no era la niña joven que jugueteaba en las acogedoras aguas de la Laguna.

Allí la encontraron de pequeña, aturdida y temerosa, vestida con extraños ropajes en las cercanías de la remota laguna, pasando por el viejo camino del molino de Cosme, más allá de las afueras del pueblo, aunque ella, jamás, había visto antes ni ese pueblo, ni ese molino.

Ahora todo era distinto, remotamente parecido a lo que su vida pudiera haber sido. Después de salir del orfanato y sin querer ser acogida por familia alguna, Ania se dedicó a ganar su propio sustento, a luchar por encontrar cobijo en un lugar tan hostil.

Ahora aquí ahora allá, trabajaba infatigablemente, adaptándose a un mundo al que por accidente fue a parar, ajena a esa realidad que parecía aturdir a las gentes del lugar, gentes que deambulaban hechizadas y manipuladas como títeres sin voluntad. Jamás quiso relacionarse con nadie, ni tener amistades o relación alguna. No las buscaba ni las quería, tan solo necesitaba volver, tan solo necesitaba volver a su origen.

Pronto pudo acceder a un piso que habitar, escasos metros cuadrados de fría pared, que tan pronto como pudo resucitó a base de brocha y pincel. Y pintar… como pintaba!

Decoró esos techos con una variedad de cielos, tan reales, que uno creía apreciar el movimiento de las nubes, que tiernas y silenciosas se deslizaban sin tregua, sin rumbo alguno pero con firme decisión.

Por las noches, creía ver centellear la luz de las estrellas y podía sentir el frío aire del paisaje en la pared, surcado por alguna que otra sombra solitaria, allí en las alturas, observando o espiando quizás en busca de alguna presa imaginaria o aun por pintar.

Las paredes eran bosques profundos y extensas praderas de tonos color trigo, salpicados de miles de manchas de colores.

Como invitados esporádicos aparecían serpenteantes ríos y animales que, tras breves periodos de inactividad, desaparecían mágicamente para luego reaparecer en otro lugar.

Las pinturas parecían estar vivas haciéndote sentir en medio de la misma natura, donde nada estaba puesto por azar y en donde pintar significaba dar vida a una mágica realidad.

Unas frías y duras montañas orquestaban la totalidad de la obra, con rocas imponentes, tan nítidas que parecían saltar de la misma pared. Era fácil apreciar el cambio de las estaciones y, si afinabas suficiente la atención, creías sentir el murmullo del río y de las hierbas mecidas por una suave brisa nocturna.

Por la mañana te parecía percibir en la piel el frescor del rocío y por sorprendente que fuera, los atardeceres en verano los ecos distantes de unos grillos llegaban a los oídos del vecindario…

En esas baldías horas en las que podía permitirse un descanso no dejaba de pensar. Se preguntaba incansablemente ¿Por qué no podía volver? ¿Por qué había quedado encerrada en este mundo? ¿A donde debía ir?

Puntualmente soñaba con aquella noche en la Laguna Negra... En sus sueños podía recordar vagamente el alegre griterío de sus amigos, los ataques de risas incontrolables, la dulce brisa y el susurro del agua, las competiciones de exploración de la laguna, la caza de pequeños peces, los debates con diversos batracios y las carreras salerosas de grillos… y luego… luego la tormenta.

Aquella terrible tormenta a la que no quiso temer, aquella tormenta a la que retó con orgulloso ímpetu infantil… y llegaron los vientos racheados, el golpe seco de la rama y la oscuridad más absoluta…

Y después de aquella noche, tan solo recordaba el encuentro con aquella joven pareja de excursionistas que la observaban con rostros asustados, o tal vez preocupados y extrañados. La arrastraron a su mundo, la hicieron miles de preguntes, interminables, inacabables, todas ellas sin respuesta ante el rostro de incredulidad de los presentes. Y finalmente, la encerraron en aquel agrio orfanato cuyo recuerdo prefería evitar.

Desde entonces la soledad y la angustia, el desconcierto y la desorientación… la desubicación social absoluta.

Por la noche y en la cocina, y con la tenue voz de la locura de la emisora por compañía, lloraba al recordar, una vez más, su vida. El calor del fogón le secaba las lágrimas mientras escuchaba el parte meteorológico. Esa noche de nuevo habría tormenta… Tormenta!

Por un instante se quedó paralizada, incrédula ante la posibilidad, dudosa y, por que no decirlo, ilusionada como un niño que cree en lo inexistente. Quizás no fuese tan descabellado, quizás debería probarlo… sentía que debía hacerlo… algo le impulsaba a ello.

Sin pensarlo dos veces se enfundó en su chándal, se calzó sus bambas negras y se armó con una linterna. Cogió el chubasquero y tras cerrar de un portazo salió en dirección a la Laguna Negra.

En un cuarto de hora llego a la falda del viejo molino. Llovía con ganas, pero recordaba bien el camino. Pronto quedó cubierta de lodo tras resbalar varias veces. El viejo molino parecía reírse de ella, maldito por los golpes de la tormenta y escudado entre relámpagos giraba enloquecido, dolorido como un viejo artrítico parecía gritar a punto de derrumbarse.

De poco le sirvió la linterna. Rápidamente sorteó al viejo desvencijado Cosme y se dirigió a la laguna. Tropezando y maltratada por la tormenta, el ruido resultaba ensordecedor y la oscuridad, rota por las descargas y desdibujada por su linterna, apenas era menos confortable.

Allí, entre árboles y zarzales, se mantenía oculta la Laguna Negra. Tensa y expectante las sienes le zumbaban, el corazón le latía con fuerza, sentía que algo podría pasar... Y entonces, en medio de la laguna, le pareció reconocer algo que no recordaba haber visto, pero que de algún modo le resultaba familiar.

Entre la oscura superficie le pareció vislumbrar una superficie rocosa, mas semejante a una plataforma pulida. Instintivamente, se descalzó y se quitó el chubasquero, dejando linterna y compañía a la orilla de la laguna.

Sin miedo se lanzó dentro de su negrura. Quedando calada por el frío se afanó a nadar en pos de aquella roca, llegando casi exhausta y con sensación de hipotermia. Pero allí estaba… ¿se había vuelto loca?

De cerca pudo ver que estaba sobre una plataforma de considerable tamaño, y esculpida en la piedra habían una especie de semicírculos. El musgo y las algas se aferraban a ella des de, quien sabe, quizás décadas. A lo lejos, en el cielo, una luna desconocida aparecía entre las nubes. Entonces… sintió un hormigueo por todo el cuerpo… un temblor… una tensión… un breve dolor y... y el frío desapareció gradualmente…

Todo cambió, la noche seguía enfurecida pero… podía ver mejor… sus manos, no, mas bien sus dedos, habían cambiado… su piel era escamosa y entre los dedos apareció como una membrana, flexible y cómoda, a su parecer… ¿que la había pasado?

El aire se le hizo difícil de respirar y palpó, torpemente, una especie de branquias surgidas a los lados de su cuello, detrás de sus orejas…. ¿Orejas? No, ya no tenía…

Una luz apareció en el fondo de la laguna, una luz como un faro, que la llamaba, de algún modo, y la atraía, la arrastraba y… por fin… el corazón le dio un vuelco! La puerta a casa, ahí estaba! estaba de camino… estaba de regreso...

R. Fantástico: El Viejo Tempus (Parte 1)

Si... sentía…

Tras la cambiante y temblorosa luz que traspasaba sus ahora ya arrugados párpados, podía experimentar una legión de sensaciones allá donde deambulara. Siempre fue su obsesión, su razón de ser, dejar absorta su existencia percibiendo lo que le envolvía, enriquecerse de esas innumerables perlas de colores que le fascinaban como a un crío.

Nunca supo su razón de ser, con la salvedad de esa seguridad del que se cree estar desarrollando una labor importante… si no importante para el mundo, al menos si para uno mismo.

Periódicamente precipitaba su ansiedad en un angustioso vacío, obviamente acompañada de esa infinita soledad, rota tan solo por las breves y esporádicas intrusiones de seres remotamente maduros e incompletos que, de un modo u otro, parecían percibir su presencia.

El viejo Tempus se consideraba a si mismo como un mal elaborado recipiente, de concepto sencillo pero abstracto, probablemente roto o con fugas en su base, la cual era la culpable de sus periódicas jaquecas… esas terribles y peligrosas jaquecas , que acaban provocando cambios drásticos en su cuadro mal pintado. Se consideraba un error del azar. Su memoria abarcaba tanto… ¿hasta donde tendría que llegar?

El proceso era sencillo: Localizaba un lugar donde asentar su maltrecho cuerpo, fatigosamente bajaba sus viejos párpados y veía esas franjas de colores: del rojo carnoso al negro más absoluto, con esporádicos focos de pálida luz. En ese mismo instante percibía y absorbía, tanto como pudiera, tanto como abastara, siempre desechando, siempre seleccionando en un febril trance que le consumía durante horas… a su parecer días, que se decantaban en décadas, quizás siglos o eones para una vieja carcasa como la suya.

Habitualmente no le molestaban; o bien por no percibir su presencia, o bien por su espantoso aspecto solía estar solo. Ropajes oscuros, tal vez sucios, cubrían como una desvencijada corteza su robusto y mal gastado cuerpo, de piel grisácea, como de color ligeramente a gris plomo.
Si, probablemente su aspecto resultaba enfermizo, y su cabellera despeinada no debía facilitar el trato con mundanos, cosa que no le preocupaba en absoluto pues no eran más que una incómoda molestia.

Gritos de juventud correteando sin pretensión alguna, hambrientas palomas acechando torpemente un pedazo de pan, el fresco gorgoteo de la fuente de la plaza, una bicicleta sin prisa bajo el cálido sol de una tarde de julio… silencio… sus etapas catatónicas le mantenían anulado, bloqueado, siempre por un periodo de tiempo indeterminado… silencio… tiempo… mas tiempo… todo el tiempo y nada… la nada…

Recuperó la consciencia, liberó su mente y percibió… la nada… el ambiguo silencio….
Abrió los ojos, no sin esfuerzo, para quedar brevemente fascinado… ¿De nuevo? ¿Donde estaba?


El polvo le cubría la ropa, cubría su cara, cubría sus manos, como un animal hambriento que intenta desesperadamente devorar su presa. Con él no podría, pues nunca antes pudo y esta vez no seria una excepción. El silencio lo gobernaba todo, reinaba en soledad este paraje fantasmagórico ruinoso y desolado.

A su alrededor no había mas que escombros y cascotes, como los restos de gigantes muertos en los cuentos mal narrados cerca del crepitar del hogar. Los edificios que antes hervían de bullicio humano ahora eran desvencijadas y frías tumbas solitarias, silenciosas y abandonadas ¿o quizás destruidas? , solo habitadas por extrañas alimañas desconocidas para el… Donde había árboles solo quedaban hoyos recubiertos de maleza, como viejas heridas en la tierra, que tiempo atrás cicatrizadas eran testimonios de un pasado latente en savia y ahora yermo en vida.

Se levantó, un poco aturdido por su larga inactividad, para reconocer el terreno. A su alrededor podía percibir puntuales chispazos surgidos de la nada, en el vacío de ese aire enrarecido con gusto a hierro oxidado.

Le costó reconocer lo que quedaba de la plaza a la que, hacía tan solo unos breves instantes, había llegado... Realmente, ¿solo hacía unos instantes? ¿Cuanto tiempo había pasado desde entonces? A pesar de controlarse, puntualmente el tiempo solía escaparse a su dominio, cosa que le reportaba interesantes y novedosas sorpresas para diseccionar y analizar.

Una duda despertó su curiosidad: ¿había destruido esta civilización o bien la civilización se había destruido a si misma? Debería manipular el tiempo una vez más... para averiguarlo...


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Relato no acabado.
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